Como regalo del Día del Padre pintamos unos portarretratos de madera con formas geométricas, cuando se secaron, cada uno le puso su propia foto. ¡Los papás quedaron chochos!
Nací en Bahia Blanca, en octubre de 1979. Terminé mi primaria en Córdoba y ya estaba estudiando dibujo y pintura en un atelier de por alla. Al mudarme a Buenos Aires seguí estudiando Bellas Artes en ateliers particulares y la carrera en el Consudec. Además hice la carrera de grafóloga y me especialicé en grafología infantil.
Actualmente pinto por mi cuenta, por placer y por encargo, además de tener por unos años mi propio taller de arte infantil.
Estoy casada y tengo dos hijas hermosas y dos hijos preciosos.
Ese es un breve resumen de mi historia.
Desde hace un tiempo atrás los chicos están sobre exigidos de actividades extraescolares. Nuestros horarios como padres se han acortado por la necesidad laboral y los hijos quedan expuestos a diversas clases fuera del ámbito escolar. Con el afán de aprender nuevas herramientas para sus futuros los mandamos a idioma, natación, karate, futbol y la lista sigue. Con dichas actividades mantenemos las mentes ocupadas y los cuerpitos cansados al terminar el día. Cuando permanecen en casa, sobre todo los más grandes, no se despegan de la pc, play o tele. Pero nos estamos olvidando de una parte muy importante en el crecimiento de los chicos: la creatividad y esparcimiento mental. No por estar un par de horas frente a una pantalla un niño distrae su mente, al contrario, fomenta el sedentarismo y la falta de imaginación; tiene todo servido y explicado. Al tener demasiadas ocupaciones nuestros hijos no poseen el tiempo necesario para relajarse, aburrirse, y con eso llegar a crear juegos propios. Una muy buena opción es el taller de arte. No deja de ser algo extra –para los padres que trabajamos es una ayuda- pero el atelier no es una actividad cualquiera. Fomenta la creatividad ya que no solamente copian o acatan ciertas reglas, sino que tienen su espacio para crear nuevas obras de arte; el simple hecho de hacer manchas de temperas en un papel, doblarlo por la mitad y observar las nuevas formas conseguidas acarrea un ejercicio mental. Conseguir un retrato con formas geométricas los hace conocer determinadas ramas de la pintura –como el cubismo- y ayuda a la asociación de imágenes sumado, obviamente, a la imaginación. Copiar diversas formas con materiales varios como marcadores indelebles, lápices, pasteles, logra mejorar la motricidad fina aumentando el pulso y la agilidad que conlleva a una mejor escritura en clase junto con mayor docilidad con los útiles. Hacer un cuadro sobre algún modelo ayuda a la concentración, perseverancia y por supuesto el autoestima sube al notar los logros obtenidos. Trabajar con arcilla también es excelente ejercicio para la motricidad fina, al igual que ciertas actividades como cerrar los ojos y dejarse llevar pintando al compás de diferentes estilos de música. Con cuentos y anécdotas se puede explicar biografías de artistas conocidos y no tanto, aprendiendo historia del arte casi sin darse cuenta. Mejor si se acompaña con salidas a museos o reproduciendo obras famosas. Por supuesto no falta la ansiada diversión, el compartir un rato con amigos nuevos, enchastrarse hasta los codos pintando con comida, formar instrumentos musicales con papel maché, conseguir simpáticos animales con corcho o simplemente renueva el pintar en silencio olvidandose por un momento la tarea del día siguiente, las pruebas y obligaciones. Un taller de arte es un lugar ideal para que los chicos aprendan, se diviertan y se distiendan. Es esencial tener un momento así en la semana para fomentar un futuro más saludable tanto física como –sobre todo- mentalmente.
Carolina Flinta. Artista plástica Grafóloga infantil
(Nota publicada en la revista Vuelta Carnero, oct. 2008)
Pequeños artistas
En los últimos años nuestros hijos están cargados de mucha actividad tanto mental como física: doble escolaridad, inglés, computación, danza, futbol, natación y la lista sigue. Así uno va llenando el tiempo libre de los chicos para que no se aburran en casa mientras nosotros trabajamos. Pero dentro de toda la actividad que hacen a veces nos olvidamos de incentivar la creatividad e imaginación. Teniendo esos pensamientos es que nació Librian Art, el taller de arte para chicos de 4 a 12 años. Funciona una vez por semana, con grupos reducidos de no más de seis alumnos por grupo. Alli los pequeños de la casa poseen un lugar para enchastrarse, jugar, aprender, divertirse y distenderse de tantas obligaciones diarias. Durante dos horas nuestros hijos se olvidan de la tarea para el día siguiente, de las presiones, y moldeando arcilla logran descargar las tensiones que aunque los grandes creamos que no existen a esa edad; sí las hay. Con música acorde a cada actividad escuchamos piano de fondo mientras nos concentramos en unos ejercicios de motricidad fina como por ejemplo hacer determinados arabescos con marcador indeleble, rock nacional para los instrumentos con papel maché y nunca falta un compilado de música infantil (piojos y piojitos, papando moscas, etc) para el simple disfrute de doblar las hojas por la mitad llenas de témpera y volar con la imaginación observando qué se forma. A la mitad del taller paramos para una mini merienda y mientras tomamos un jugo o té si hace frío en la calle, leemos cuentos sobre pintura y charlamos de pintores famosos. ¡la cara que ponen los chicos cuando ven a Picasso como mezcla un pie en una cara o como Xul Solar plasmó en un mismo cuadro un pez volando con un barco lleno de escaleras que van… a la nada! Y ni les cuento cuando ven a Dalí con el reloj derretido…) así, sin darse cuenta, en forma de historias y anécdotas los alumnos aprenden historia del arte. El taller de arte es una ventana a otro mundo, donde cerramos los ojos pintando al compás de cada ritmo, nos reímos mientras hacemos obras de arte con comida (usar como pintura jugo en polvo, café, yerba, y lo que se les ocurra), copiamos frutas en los primeros cuadros “en serio” aprendiendo las luces y sombras, perspectivas y más; y charlamos de nuestras cosas haciendo nuevos amigos. En esas dos horas, los chicos se convierten en verdaderos artistas y, sinceramente, da placer ver su felicidad al terminar la clase y el orgullo con que ven sus obras de arte recién terminadas.
(Nota publicada en la revista Vuelta Carnero, sept. 2008)
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